Han sido once días de exploración, donde un mundo por descubrir nos estaba esperando con los brazos semi abiertos. El paso del tiempo, una vez más, se ha encargado de limar aquellas asperezas, habituales en la convivencia de culturas con grandes diferencias. Todo ha parecido sencillo, cuando incialmente no lo era. El pueblo tangerino ha hecho fácil nuestra estancia aplicando una ley de hospitalidad, generosidad y respeto, formado parte de un código de conducta no excepcional. Saben como hacerlo, porque la práctica es diaria.
Las trabajadoras del textil, los responsables de la asociación Atawassoul, los miembros del colectivo 'Cien por cien mama', la asociación nacional de derechos humanos en Marruecos y otras mujeres y hombres que a título individual promueven iniciativas sociales se han encargado de abrir la ventana de la realidad social de la zona, a sabiendas de que el aire que entra por esa ventana todavía es muy frio.
La propuesta personal de conocer otras realidades no hace más que enriquecer el espiritú de cada uno. Los contrastes permiten valorar el grado y nivel de fortuna que le rodea, pero también diagnosticar el estado en el que se encuentra su concepción de la humanidad. A veces, la moderna sociedad, en la que comodamente residimos, se encarga de adormecernos, con sigilo, valores tan esenciales como el que cualquiera puede encontrarse en un pueblo como el marroquí.
Negar los problemas, las dificultades o las desigualdades sería ponerse una venda en las ojos con clara voluntad de no querer ver las evidencias. Es indudable que no hay que levantar demasiado la mirada para encontrarselas. A pesar de ello, muchas son las mujeres que, con ayuda de algunos hombres, intentan reponerse de tal situación cada mañana. La sociedad marroquí camina, a menor ritmo del deseado, hacia un espacio de cambio. Probablemente, se registraran pequeñas novedades con el paso del tiempo que modernizaran discretamente una sociedad con fuertes tradiciones, pero, sea como fuere, nosotros lo admiraremos en la distancia porque ya hemos aterrizazo en casa.
(En la foto, Roi Palmás y Juan de Sola a su llegada en el aeropuerto de Peinador en Vigo)